
Para Jünger el error usual al tratar la técnica suele darse al establecer el vínculo entre el hombre y la técnica y deducir que el hombre es su creador o su víctima. El hombre no está ligado a la técnica de un modo inmediato, si no mediato. La técnica es la manera en que la figura del trabajador moviliza al mundo.
¡ALERTA CHISTE!: SE DA POR SUPUESTO, TANTO PARA JUNKER COMO PARA EL ARTICULANTE QUE LA PRIMERA PERCEPCIÓN ES LA DE UN SER HUMANO
Vemos que la definición de Jünger se corresponde con la definición instrumental y antropológica de Heidegger que dice que la técnica es un medio para unos fines y que la técnica es un hacer del hombre. La novedad estriba en que en “El trabajador”, ese hacer del hombre es un mero hacer del trabajador, explicitando la función del trabajador como una mera actividad, y que no se corresponde con la idea de clases marxista.
Cuando Heidegger sigue preguntando, encuentra que la técnica moderna es un hacer salir de lo oculto y concluye su trabajo “la pregunta por la técnica” diciendo que al hombre le puede ser negado ese hacer salir de lo oculto más originario y no pueda experienciar la exhortación a una verdad más inicial. Sin embargo concluye: “sólo lo otorgado dura. Lo que dura de un modo inicial desde lo temprano es lo que otorga.”
Es decir que lo que sale de lo oculto como lo otorgado, entendiendo lo otorgado como aquello que traemos ahí delante , lo que destina de este o de aquel modo al hacer salir de lo oculto, salva.
La definición de Jünger no se contradice con esta definición de Heidegger sino que introduce la figura del trabajador, de la actividad.
Jünger emplea términos tales como: figura y trabajador. En ello radica todo su trabajo.
Cuando hablamos de figura entendemos aquella magnitud que se ofrece a unos ojos que captan que el mundo articula su estructura de acuerdo con una ley más decisiva que la ley de causa y efecto, aunque no vean, sin embargo, la unidad bajo la que se efectúa esa articulación.
Cabe decir que en la figura descansa el todo. Los tiempos venideros se caracterizaran en que se verá, se actuará y se sentirá bajo el imperio de figuras. Todo depende de que a la lucha, esa lucha mundana e indiferente al rango o nivel acudamos con figuras y no con conceptos, ideas o meros fenómenos. La figura no es una magnitud nueva y tiene su representación también en la persona singular. La historia también es figura, de igual modo que tiene como contenido el destino de figuras. La más alta existencia del hombre reside en su figura, con independencia de cualquier juicio moral. Todos sus grandes momentos, sus sueños apasionados, el amor, el fuego de la batalla, todo eso coincide con una profunda conciencia de la figura. La tarea de la vida singular es la expresión de todo eso en el tiempo. La persona singular está sometida a un existente orden de figuras y cuando descubre dentro de sí su propia figura descubre el sentido de su vida, descubre su misión.
El ver figuras es un acto revolucionario porque es entender al ser en toda su plenitud.
Una de las dificultades en la actitud del trabajador es la circunstancia de encontrarse en la posición más avanzada de la lucha y el trabajo.
La nueva concepción de Jünger ve al trabajador no como esclavo o siervo sino como un verdadero señor. El trabajador es la suprema figura.
El concepto de trabajador se articula mediante dos fenómenos: el fenómeno de la persona singular y el fenómeno de la comunidad.
La persona singular aparece como el soldado heroico aniquilado por el trabajo, pero que al mismo tiempo es señor ordenador del mundo. Ambas formas de manifestarse la persona singular pertenecen a la figura del trabajador.
La comunidad también aparece sufriendo y pasiva, portadora de una gran obra, de una gran misión comparable a cualquier catedral, sin embargo su sentido depende de la existencia real de tal obra. Si no hay una presencia física de tal obra, la comunidad pierde su sentido.
Si partimos de la idea trabajador es un distintivo de grado y no una clase social o un estamento, y la necesidad más intima de un ser en el mundo es el trabajo, toda reivindicación de libertad es reivindicación de trabajo.
Para Jünger lo que importa no es que tome el poder una clase social nueva, lo que importa es un tipo humano nuevo, de la misma casta que todas las grandes figuras históricas, que llene el espacio de poder y le de sentido. El trabajador, o bien no es nada o es el representante de una figura importante y peculiar, que actúa bajo su propia ley.
Nada hay que no pueda ser concebido como trabajo. Trabajo es todo. Trabajo es el tempo de los puños, de los pensamientos y el corazón. Estamos trabajando a todas horas, día y noche. El problema mayor y la duda que acomete con más fuerza es: ¿cómo llega el trabajador a tener participación en la economía, en la riqueza, en el arte, en la cultura, en la ciudad y en la ciencia?
La clave de ser trabajador es ser representante de una figura importante que está entrando en la historia y pensar si es posible alcanzar una conciencia de libertad, una conciencia de hallarse en el puesto decisivo. Para Jünger eso es posible. Él dice sí.
La técnica se adapta a la figura del trabajador y está subyugada a sus órdenes y mandatos. Es pura representante de la figura del trabajador. Es más, en la relación que se establece entre el trabajador y la técnica no se halla integrado ningún otro agente fuera del espacio de trabajo, por ejemplo: un nacionalista, burgués, etc…
Donde reina el sufrimiento, la pasividad, no puede experimentarse sensación de libertad; la libertad sólo se experimenta donde hay actividad, donde puede cambiarse el mundo.
La técnica puede manifestarse de dos modos: construcción y destrucción. De la misma forma que un tren carga mercancías, también puede llevar soldados. La guerra, por ejemplo, es el claro ejemplo del carácter de poder que habita en la técnica, dejando de considerar los componentes económicos y progresistas.
La técnica es el mayor poder anticristiano que ha habido hasta ahora. En los lugares donde se infiltra la técnica el espacio se vacía de todas las demás fuerzas y el mundo espiritual decae y desaparece. Una de las características del trabajador que moviliza al mundo no es haber perdido la fe, si no tener otro tipo de fe. En una carrera de fórmula uno, puede darse más fe y esperanza que en los altares.
En todos los lugares donde hay técnica, o bien el ser humano se adapta a ella y habla el mismo lenguaje, o bien muere. Un ejemplo claro es cuando la Iglesia quiso destruir el saber de que la tierra giraba alrededor del Sol. Al final acabaron afirmando el saber y firmaron la paz con la técnica.
Junger objeta que es más independiente quien se alumbra con un candil que con luz eléctrica, y que si se opta por la luz eléctrica, se pierde libertad.
Es cierto que se gana en comodidad, pero un pueblo que encarga máquinas, ingenieros y demás, se vuelve tributario y consecuentemente más dependiente. Aun así, parece ser que no hay ningún valor capaz de oponerle freno.
La gran cantidad de peligros, la destrucción de los lazos de antes, el hacer abstracto de toda actividad, alimentan en el ser humano el sentimiento de hallarse sólo y perdido.
Pensar que este mundo nuestro tiene sentido es una necesidad, aunque cada vez resulte más difícil alcanzar cualquier tipo de seguridad cuando todo es tan dinámico y cambiante y no es posible ver ningún eje.
Según Junger, hasta que la figura del trabajador no sea encarnada en las personas y comunidades que usan la técnica no será posible librarla de contradicciones.
En un mundo en que los enigmas más ocultos prácticamente están resueltos la técnica hace también la función de suavizar el mal del trabajo y ocuparse de tareas mejores. Se le rinde a la técnica un profundo fervor.
En cuanto a la evolución y el progreso, ninguna evolución está en condiciones de sacar del ser más de lo que en el ya está contenido, ya que el mismo concepto de infinitud es algo en él contenido. La realidad es que es el ser el que delimita la forma de la evolución. En Junger, la evolución de la técnica no es ilimitada. Todos los medios tienen un carácter provisional y solo podrán usarse limitadamente. La evolución finalizará en cuanto los instrumentos lleguen a ser totalmente perfectos.
La perfección es un grado en el que la luminosidad de la figura afecta de un modo peculiar a los ojos perecederos.
La perfección de la técnica es una característica del final de la movilización total en que nos hallamos inmersos. En la perfección de la técnica destaca el relevo de un espacio dinámico y revolucionario por un espacio estático y ordenado.
La técnica es siempre un mismo coche al cual le aguardan temporalmente diferentes motores, diferentes maneras de conducirla. Pasa por encima de economías, libre competencia, etc…, y prepara una unidad imperial. Su fin último es hacer real el dominio en el lugar que sea. Se entiende dominio por una situación tal que en ella el espacio ilimitado de poder está referido a un punto desde el cual, ese espacio de poder aparece como espacio de derecho.
En nuestro tiempo y civilización occidental cada cosa dura lo que dura un relámpago. Incluso las instalaciones más recientes, los medios más eficaces acaban por perecer: o bien se los desmantela, o bien se los recompone. No existe capital. Ya no hay ninguna actividad artesanal que pueda aprenderse a fondo, somos meros aprendices. La circulación de bienes y el consumo llevan consigo la desmesura y el descontrol. Incluso la seguridad ya no puede estar garantizada simplemente con monstruosos arsenales de aniquilación.
Lo único constante es la variación y contra ese hecho choca la voluntad de posesión de cosas, la satisfacción o la seguridad.
En cambio , el espacio técnico cada vez tiene una planificación mayor y es mucho más preciso. El margen de azar es mucho menor y todo es más controlado.
La utopía técnica es creerse que ya hemos llegado a ese nivel de perfección. Es una hipótesis totalmente válida, no hay nada que se le oponga. Una utopía que presupone una constancia de medios, que implica una constancia del modo de vivir, sin entender esa constancia como una ausencia de roces, sino como un trasfondo estable que permite conocer la amplitud y el rango de los afanes del hombre, de sus triunfos y sus derrotas con una claridad mayor que en una situación dinámico-explosiva que no es susceptible de cálculo.
El máximo error que descalifica todas las objeciones está en ver en la técnica un sistema causal replegado en sí. Ocuparse de la técnica, para Jünger, sólo merece interés cuando reconocemos el símbolo de un poder de orden superior en ella.
Nuestros medios nunca dejan de adaptarse a nosotros. Si el hombre quiere destrucción, la técnica y los medios serán obedientes medios de destrucción. Y si se decide levantar grandes edificios o monumentos, se construirán.
Lo importante no es ignorar el intelecto, despreciarlo, lo importante es someterlo. La técnica y la Naturaleza no se excluyen una a la otra, es decir, no se contraponen. La técnica debe dominar la Naturaleza.
Jünger concluye su trabajo prediciendo que en el futuro no se hablará de trabajo y democracia en el sentido en que nosotros empleamos los términos y que el trabajo no será ningún suplicio y será la arma más letal para combatir el tedio y la pasividad, será un arma portadora de riqueza y libertad.
La pregunta ahora es como esa figura del trabajador se relacionará con esta modernidad que ha pasado de una fase sólida a una líquida. Una fase líquida en que las formas sociales se derriten antes de que haya tiempo suficiente para asumir esas formas.
También cabe preguntarse por la labor del trabajador en un mundo colapsado de pensamientos, inútil para planificar a largo plazo y que reduce la vida política de las personas singulares a una serie de proyectos de corto alcance.
Habrá que analizar el concepto de responsabilidad ante las dudas que genera el sistema y que siempre recaen sobre las personas singulares que lo componen. Se exige de los ciudadanos que sean electores libres y que asuman sus decisiones y las consecuencias de sus elecciones, a veces causadas por fuerzas que trascienden la comprensión.
Este nuevo marco de actividad requiere de las personas singulares le disección en partes de las vidas, requiere de los ciudadanos que sean flexibles y capaces de asumir todo tipo de cambios y novedades, que estén dispuestos a cambiar estrategias y a abandonar si hace falta compromisos y lealtades.
La actividad, es decir el trabajo, es un río que fluye y se infiltra por el sistema que cambia fugazmente, y lo abarca todo.
miércoles, 1 de junio de 2011
EL TRABAJADOR
Publicado por nikosian@ en 5:02
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